1-La Excavación.
Los viejos artículos periodísticos dicen:
DIARIO EL MUNDO-SUPLEMENTO BARRIAL. Lunes 5 de junio de 1971.-
Pensar en el barrio de Flores de los años sesenta es hablar del progreso y del buen gusto de la época.
Recorrer las vidrieras de la avenida Rivadavia, tomar algo en su
infinidad de bares y cervecerías o sentarse a escuchar música en la
plaza era un paseo obligado de fin de semana para todo porteño que se
preciara de ser del oeste.
Los del norte tenían Cabildo y los del centro Corrientes o Lavalle.
Ir a misa en la iglesia de San José no era lo mismo que confesarse
en la simple parroquia del barrio. Era la época en que irrumpió la
minifalda, aunque para asistir a misa se usaba la vieja y larga pollera.
La esquina de Carabobo y Rivadavia, centro neurálgico, como lo es
ahora: un infierno de tránsito; y para complicar mucho más el panorama,
en los sesenta la estaban modernizando: construían enormes rascacielos.
Allí se levantaría uno de los primeros en la zona.
Los tranvías, viejos y lentos,a punto de ser exterminados por
esos negociados que suelen hacer los dirigentes, transformaban en polvo
,con su traqueteo ,la enorme cantidad de piedrecillas que inundaban sus
vías. Por allí pasaban, entre muchos otros, las líneas 1, 2 y 53,
llenos de obreros en la madrugada y más tarde con empleados y
estudiantes. Los trolebuses, que competían con los tranvías, habían
perdido el sostén de sus cables, que era la pared de la casona en
demolición. Los modernos colectivos pasaban sin inconvenientes
levantando polvareda y, orgullosamente, la bandera del llamado progreso
de la ciudad.
En medio del bochinche, mezcla de tránsito, gentío y construcción,
estaban los curiosos de siempre: jubilados, algunos desocupados y los
transeúntes que mataban el tiempo viendo trabajar al enjambre de
obreros. En la empalizada de la obra se leía el habitual cartel de:
« Hay Vacantes ».
Dominaba el escenario, como controlando a unos fieros danzarines de ballet, un enorme e impresionante escarabajo metálico llamado excavadora.
Cada golpe de su mandíbula de acero arrancaba grandes cantidades
de escombros y tierra. Elevaba su bocaza cargada, giraba sobre sí misma y
lanzaba los restos de su pesada mordida a los camiones que, en una
hilera disciplinada, esperaban su carga pacientemente.
Era la Argentina creciente que llamaba a las gentes de todo el
mundo a trabajar por su grandeza. Los vecinos orgullosos de su
esquina. Firma: Pichuco de Flores
Me cuenta el ingeniero que en medio del fragor que provoca una labor
tan dura y cuando la monotonía de una tarea, aunque interesante,
repetitiva…llegó la novedad imprevista. (Lee de su manuscrito):
-
¡Derrumbe !… ¡Derrumbe!- gritaron. La sirena de alarma no se hizo esperar.
Los servicios públicos funcionaban, así que ante el llamado de
alarma los bomberos, la policía y la ambulancia de la Asistencia Pública
aparecieron de inmediato.
-Según me cuentan los sesenta fueron los mejores años –interrumpí entusiasmado.
-Era la época de la eficiencia –respondió con sorna.
-Por su expresión me suena a una enorme y endiablada mentira.
-Fue un mito bien vendido…”somos los mejores del mundo” (no
competíamos con nadie)…,”con lo que tiramos a la basura en Europa come
una familia” y…con esas enseñanzas le lavaron la cabeza a gran parte de
nuestra población –afirmó con énfasis.
- Continúe, lo escucho.
- Recuerdo que en la esquina de Ramón Falcón y Varela resaltaba una
caricatura de un chancho representando al ministro de economía Don
Álvaro Alsogaray mostrando sus gráficos al pueblo porla Teley el cómo se
haría para “pasar el invierno”. Firmaba el socialismo argentino.
- Yo soy maestra y los viejos maestros y profesores me contaron que
debían evitar gastos superfluos como exigir el uso de cuadernos y
carpetas.
- Como diría Borges…”ni mejores ni peores… incorregibles” – añadió Bonnatesta.
- Pero no tanto – agregué como al pasar-. Y la historia ¿cómo sigue?
- Se la cuento al detalle, ¿tiene tiempo?
- Sí, continúe.
Acomodó la garganta y prosiguió leyendo:
-
Falsa alarma agente -decía con desesperación el ingeniero a cargo de la obra.
-¿Cómo es eso? -replicaba el oficial.
- Es que la excavadora se encontró con un aljibe abandonado…
-¿Y ?
- Y … el ruido hizo que los muchachos creyeran que era algo peor.
En medio del diálogo uno de los bomberos, el negro Aguirre,
hombre curioso y mirón, se asomó al pozo. Sacó su linterna e iluminó en
lo profundo.
-¡Oiga jefe! …venga.
- ¡Voy !… ¿Qué pasa ?
- Pasa que allá en el fondo veo unos bultos.
Ahí nomás el jefe dio el grito:
- A ver Ché, traigan una soga y bajen de inmediato.
El propio Aguirre descendió.
- Jefe hay trapos, un par de cuchillos y unos huesos.
- Ahí te mando el canasto, poné todo lo que encontrés.
Así lo hizo el cabo. Recogieron: lo que quedaba de dos
rastras, harapos gastados y sucios, suela de botas, dos facones
ennegrecidos, unas espuelas, algunos huesos y desechos como de un viejo
basurero.
- Vea, ingeniero, acá hay que investigar, y lo tiene que hacer un juez-dijo el jefe.
El ingeniero se puso blanco.
- Más blanco que la leche blanca –diría mi abuela y cerré el pico; seguí escuchando.
-
Sabía que este hallazgo le frenaría el ritmo de trabajo o, peor
aún, se suspendería la obra. Ya había pasado en San Telmo cuando
encontraron las trenzas que hizo cortar Belgrano a los soldados. Atraso
que en pesos significaba una catástrofe.
-Vea –dijo Lita – mostrándome lo que “El Mundo” y “Clarín” publicaron en la página central:
Hallaron restos humanos, un facón, unas espuelas y lo que alguna vez fue una rastra. Ilustraba una foto de la construcción.
Bonnatesta continuó: –
Se conmocionó el vecindario. Corrió la noticia como reguero de pólvora – levantó la vista y dijo –
Esto es para usted ya que le gustan los dichos populares…, y empezaron las versiones :
Don Justo, el viejito del quiosco, que tenía 98 años,
recordaba, con esa lucidez de siempre, que cuando él había sido chico
esa era la tierra de los duelos entre los del Barrio de Flores y los de
Caballito.
-
Recuerdo-dijo-que los duelos terminaban con el finado en el fondo del pozo.
Doña Juana, de edad imprecisa, quien calificaba a Don Justo de
viejo bolacero, contó que su mamá le había dicho que Jacinto y Epifanio
habían desaparecido después de una borrachera porque el Diablo los había
hecho tragar por la tierra.
-
Cuando un hombre tomaba, ofendía a una mujer o no trabajaba,
entraba en pecado. Y no había Dios o Diablo que pudiera salvarlo-decía
muy seria y convencida-. Quien entra en pecado es tragado por el
infierno y su cuerpo se pudre y el alma vaga sin descanso por toda la
eternidad.
Además ahora se explicaba por qué al regar con agua de ese pozo,
Don Sixto, el antiguo dueño de la esquina, había conseguido tener una
huerta tan florida y productiva.
-¡Cuántas historias! – dije para ir cortando.
El hombre tenía sus tiempos y ni se inmutó. Continuó narrando de forma amena.
-La versión más interesante fue que una noche los Vergara, Eulogio y
Antonio, hermanos de crianza, pelearon por una morocha de pelo
reluciente en el que se reflejaba el brillo dela Luna. Lacosa es que
cada uno por su cuenta y sin saberlo empezaron a arrastrarle el ala;
ella coqueta y juguetona les seguía el juego. Victoria se llamaba la
chinita, dicen que por la reina inglesa. Más bien, creo – dijo
haciéndome un guiño-, era por el rey Vittorio Emanuel.
Tiempo al tiempo descubrieron el jueguito de Victoria.
La encararon y ella les dijo que se quedaría con el mejor. Ambos
arrieros. Ella creyó que le ofrecerían matrimonio o un lindo rancho o
vaya a saber qué…
Los planes de Eulogio y Antonio no eran ni remotamente los de la
crédula Victoria. Eran machos y como tales iban a dirimir el
entredicho. Cuando se enteró de que iban a jugársela en un duelo corrió
al lugar del encuentro. Llegó tarde. Ambos hermanos estaban muy
lastimados y desfallecientes. Victoria, ante tal hallazgo,
corrió
desesperada hacia la incipiente estación Flores del ferrocarril a pedir
ayuda. El Jefe de estación y un curandero, que oficiaba de médico o
enfermero (no viene al caso), la acompañaron al lugar. No había nadie.
El lugar estaba vacío. Se habían ido. Por lo menos así lo creyeron. En
realidad Antonio quiso lavar a Eulogio las heridas recibidas. No había
mucha agua en el pozo, ni balde para izar. Se asomó abrazado a Eulogio y
manoteó para mojar su mano. Apenas rozó el agua, insistió inclinándose
un poco más y…. ¡adentro Bachicha !, o sea que se cayeron de cabeza. El
tiempo que tardaron Victoria y sus acompañantes fue suficiente para que
estos hermanos malheridos y debilitados se ahogaran. La oscuridad y la
creencia de que se habían ido lejos hizo que los tres abandonaran el
lugar. El sitio era lejano y de mala fama. Nadie pasaba por allí, ¡ni
los lecheros con sus vacas a domicilio!. Llegó el olvido. Suciedad,
sequía, abandono y tiempo hizo que nadie los hallara. Como viajaban
seguido se supuso que se habían ido para el interior.
¿Victoria ?… Victoria se casó con el Jefe de la estación y se fueron a
vivir a Mechita, cerca de Olavarría. No se supo nada más de ella.
Lita me refiere que cuando ella era muy chica historias como
estas, tan pintorescas, llenaban páginas y páginas en los diarios y
horas y horas de charlas en las tertulias. En realidad la televisión
recién empezaba a conocerse porque si no…
- Para completar y ya termino –dijo Bonnatesta-: al peoncito de la
obra que dio la voz de alarma lo despidieron. La construcciòn estuvo
suspendida, pero corto tiempo, porque la empresa se comprometió a dejar
el pozo como estaba y a protegerlo con un cordón de hormigón armado y
una tapa de hierro hasta que cerrara el sumario. Se dice que debieron
adornar a más de un funcionario municipal para lograr la autorización de
continuar con los trabajos.
Desde ese día no hubo más avisos de derrumbes, ni alarma, ni nada que interfiriera con el avance de la construcción.